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17 oct 2020

El derecho a una respuesta - Anthony Burgess

J. W. Denham es un cuarentón destacado en Tokyo como alto directivo de una empresa británica de importación/exportación. Estamos entre finales de los 1950s y principios de los 1960s. La descolonización del Imperio Británico está en marcha, pero los delirios de grandeza siguen notándose en la prepotencia y la condescendencia que gastan los ciudadanos de Inglaterra con todo aquel que, bajo su punto de vista, no ha tenido la suerte de nacer en aquellas tierras (a decir verdad a fecha de hoy todavía no se han conseguido sacudir ese espejismo, pero en cualquier caso es ésta una cuestión queda fuera de las intenciones de esta reseña). Denham vuelve a UK a pasar los dos meses de vacaciones que le corresponden cada dos años. Así pues se trasladará a casa de su padre en una ciudad de las Midlands durante unas semanas. Allí se verá expuesto a la idiosincrasia de sus compatriotas, que tras muchos años expatriado y en contacto con otras culturas, resultará extremadamente contradictoria y difícil de llevar.

Hace hace tan solo unos meses me llevé la sorpresa del año al toparme con la faceta humorística de Anthony Burgess en Enderby por dentro. Así que no me lo pensé ni un segundo cuando encontré un ejemplar de El derecho a una respuesta de segunda mano, más aún teniendo en cuenta que desde la contraportada prometía una sucesión "sin interrupción de momentos de colosal comicidad". Y los tiene, vaya si los tiene. El absurdo de las situaciones, los personajes y las observaciones del autor británico consiguen conquistar al aficionado al típico humor británico con relumbrantes chispas de ingenio. No es solo que provoque la risa, es que además te obliga a rendirte ante la originalidad y la agudeza del sutil pero acertado análisis del ser humano que destilan sus frases. Sin embargo el resultado global no ha llegado a convencerme del todo por los temas de fondo. El humor no consigue ocultar aspectos de crítica y sátira bastante crudos que guían la acción. Por un lado, las actitudes clasistas y racistas de la sociedad británica. Por otro, un elogio insostenible del matrimonio, que el autor nos presenta como institución fundamental para la realización del ser humano y cuyo cuestionamiento no puede sino traer desgracias.

La crítica al racismo de la sociedad británica está alineada con la situación que se experimentaba durante aquellos años en el Reino Unido, cuando oleadas de inmigrantes de las antiguas colonias y a partir de entonces miembros de la Commonwealth se estaban instalando en el país. El color de sus pieles, siempre oscuro, provocaba un rechazo visceral dondequiera que se instalaran. Aunque en principio Denham parece tener una visión menos reaccionaria de los inmigrantes debido a sus estancias prolongadas en otros países, lo cierto es los aires de superioridad producto del imperialismo siguen estando muy presentes en su comportamiento. Alguien podría preguntarme ahora cuál es el problema en que haya un personaje racista en una novela. El problema aparece porque no resulta difícil trazar un paralelismo entre el protagonista y Burgess, que por aquella época acaba de regresar a su país de origen tras haber estado durante unos seis años en Malasia y Brunei. Esta identificación provoca que proyectemos sobre el propio autor el sutil racismo del protagonista, haciendo que se te tuerza el gesto durante la lectura. Tampoco resulta agradable tener que enfrentarse a la defensa a ultranza del matrimonio que inunda las páginas. Todos aquellos que cuestionan su validez con actos inmorales (adulterio, intercambio de parejas, separación, etc.) acaban sufriendo las mayores desgracias. Pero por si quedaran dudas de la moraleja entre líneas, en el capítulo final el propio Denham nos deja claro que la sacrosanta unión de hombre y mujer es la única manera de dar sentido a nuestra existencia en este planeta.

En fin, no voy a negar que me he reído leyendo este libro. Tiene una colección de personajes que son memorables y muchas de las situaciones descritas son desternillantes a más no poder. Incluso me atrevería a decir que las referencias a William Shakespeare, tanto directas pues está relacionado por parentesco con uno de los personajes secundarios, como por ciertos elementos de comedia y drama que se incluyen en la acción, aporta también mucho interés a la lectura. Pero el tratamiento que se da a los leitmotivs (racismo, matrimonio), y el tufo a moralina, que no abandona las páginas ni un segundo, dejan un regusto tan, tan rancio que me ha agriado por completo la impresión global.

10 jun 2020

Enderby por dentro - Anthony Burgess

A pesar de tener muchos libros publicados, Francis Enderby es la personificación del poeta maldito. Se debe en parte a que sus volúmenes apenas se venden y menos aún se leen. Pero también influye que tiene 40 y tantos años, es soltero, malvive en una habitación alquilada en algún pueblo de la costa británica y subsiste gracias a la exigua renta anual que le proporcionan unas pocas inversiones heredadas de su madrasta. Y además tiene dispesia y problemas digestivos. Para su sopresa y disgusto, porque detesta los actos en sociedad, sus 'Sonetos revolucionarios' son galardonados con el premio anual de poesía que concede una importante cadena de librerías, así que se ve obligado a viajar a Londres a recoger el galardón. Allí conocerá a Vesta Bainbridge, una gran admiradora de su obra y editora de la revista femenina Fémina. Vesta le propondrá escribir para la sección de poesía de su publicación, lo cual provocará que nuestro hombre retome contacto con el mundo real, del cual se había autoexiliado para dedicarse en exclusiva a las musas.

Enderby por dentro es, sin ningún lugar a dudas, la novela más ingeniosa, ocurrente y divertida que llevo leída en los últimos años. Anthony Burgess creó un personaje lleno de contradiciones y pequeñas miserias, pero que a la vez planta cara a todos los convencionalismos sociales y está dispuesto a rechazar todo aquello que suponga una amenaza para su poesía. Enderby es patético y se mueve en un ambiente sórdido y deprimente, pero también es entrañable y adorable. Visto desde fuera puede que no tenga una vida envidiable, con todas esas estrecheces económicas y ese ostracismo que él mismo ha elegido, pero que le satisface plenamente porque es la única forma que tiene de dedicarse en cuerpo y alma a su arte. ¡Y qué versos! Por suerte para los lectores, el protagonista nos regala algunos fragmentos de sus poemas de cuando en cuando a lo largo del texto. Se trata en la mayoría de los casos de estrofas aparentemente demenciales que sin embargo esconden críticas mordaces a los aspectos que han marcado su vida: su familia, la religión, el sexo. Siempre con una aproximación muy actual, muy cruda, capaz de expresar sin ambages la dureza de la existencia del ser humano en la sociedad contemporánea. Y desternillantes, claro.

No esperaba encontrarme con una novela tan divertida, tan absorbente y tan bien escrita. Descontando algunos elementos puntuales de humor zafio (los problemas gastrointestinales de Enderby causan constantes interrupciones en forma de pedos y eructos), en general Burgess recurre a situaciones absurdas y choques entre personajes disparatados y de caracteres totalmente opuestos para provocar la risa. Por otro lado resulta imposible no encariñarse con el protagonista y sentir en nuestras propias carnes todos los golpes que le da la vida. Hacer nuestros tanto sus problemas como sus logros insignificantes, pero que son fruto de la total devoción y entrega a la pasión de su vida. El personaje tiene un aire de rebeldía que resultará atractivo a todo aquel que haya tenido que renunciar a alguno de sus sueños. Que yo diría que es el 99,999% de la población mundial. Por último, en la novela hay una discreta presencia de los aspectos lingüísticos que tanto apasionaban al autor. Desde una trascripción pseudofonética para reflejar las variedades dialectales de algunos personajes, hasta el interés manifiesto del Enderby por descubrir el origen de otros personajes a través de sus acentos regionales. El primer punto se resuelve con bastante elegancia, algo que debemos agradecer al traductor, y el segundo la verdad es que resulta más bien opaco al lector de la versión en castellano debido a que refleja características propias del inglés de UK. En cualquier caso y al contrario de lo que me ocurrió hace dos años con La hora de la cerveza, no supone ninguna traba para disfrutar de esta maravillosa historia. Lo mejor del caso es que Burgess escribió tres novelas más de este personaje. Estaré atento la próxima vez que vaya de tiendas de libros usados, porque el que me ocupa hoy se suele encontrar por dos duros en colecciones de clásicos contemporáneos. No os lo penséis ni un segundo si se os da el caso.

7 may 2018

Nicht beendet

Tengo buenas tragaderas para terminar libros, así que por lo general acabo casi todo lo que empiezo. Me cueste más o me cueste menos, suelo llegar hasta el final porque una novela que no he ha gustado me da mucho juego a la hora de soltar improperios en la reseña correspondiente. Me relaja, incluso me puede llegar a compensar cuando el autor es admirado por el público (me viene Vargas Llosa a la cabeza sin tener que pensar demasiado). Pero ocurre que desde mediados de marzo estoy viviendo un momento bastante convulso en lo personal, con varios frentes abiertos que me tienen los nervios desquiciados. Asi que llevo varios abandonos acumulados desde hace algo más de un mes, sin haber pasado más allá del capítulo dos en todos los casos. Ahí va la lista:

Andaba yo buscando en la biblioteca Sorgo rojo del Nobel chino Mo Yang y como en aquel momento no recordaba su nombre, hice una búsqueda por título en el catálogo. Un artículo determinado de más al que no presté atención provocaron que me llevara a casa El sorgo rojo de Ya Ding. Antes de empezar a leerlo ya había detectado el error, pero pensé, ¡bah, qué más da! Así que me puse con él solo para dejarlo a las pocas páginas. Una familia campesina que se traslada a un pueblo donde el padre va a ejercer de enlace con el partido comunista chino. Todo ello relatado por el hijo pequeño. No sé si el libro será bueno o malo, pero no me apetecía nada meterme en esa historia. Por cierto que en las últimas ediciones, el libro del Nobel de 2012 se titula El clan del sorgo rojo, algo que puede ayudar a evitar confusiones como la que sufrí yo.

Clarice Lispector es otra autora con excelentes referencias que descubrí cuando buscaba información sobre Lucia Berlin. Me dije, venga, voy a leer algo suyo, pero como siempre en mis tomas de contacto, que no sea muy voluminoso. El título (des)afortunado fue La pasión según G. H. Insoportable, un constante reflexionar sobre algo intangible, inasible, inconcebible. Renuncié antes de la página 30. ¿Volveré a intentarlo de nuevo? En lo que queda de 2018 no creo.

En una de mis habituales incursiones en La casquería del mercado de San Fernando me hice con La hora de la cerveza, primer volumen de la Trilogía malaya de Anthony Burgess. Ambientado en alguna colonia del imperio cuando ya le quedaban pocos años por mantener dicho estatus, está repleta de términos en diferentes idiomas locales que obligan a consultar el glosario a cada poco. Supongo que al escritor le parecería que algo así aportaría veracidad y originalidad al crisol de razas y lenguas que bla, bla, bla. A mí me saturó desde el capítulo uno. En el dos la cosa seguía igual y puesto que mi retentiva para recordar los significados era nula, lo devolví a la estantería donde estaba y allí sigue a día de hoy.

Empiezo a leer Hozuki. La libreria de Mitsuko de Aki Shimazaki y tras dos capítulos no encuentro nada que me despierte mínimamente el interés. La protagonista es una madre soltera que vive con su madre e hija pequeña (¿o era hijo?) en la planta superior de la librería que regenta. Añade una reflexión completísima sobre la elección y el significado del nombre del comercio, sin olvidar mencionar las razones por que escogió escribirlo en caracteres kanji frente a la escritura silábica del japonés (o al revés, no me acuerdo), y para mí fue suficiente para decir: hasta aquí hemos llegado.
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