Tanto ha insistido Tongoy con William Gaddis y tan vehementes son sus posts sobre el escritor norteamericano que era solo cuestión de tiempo que me animase a leerlo. Con la prudencia que me caracteriza, he decidido empezar por alguna de las novelas menos voluminosas: Gótico carpintero. ¿Y de qué va 'Gótico carpintero'? Sin entrar en demasiados detalles, esta novela escrita en 1985 pone en la palestra las miserias del capitalismo desde una perspectiva tanto macro como microeconómica. Los estados del primer mundo resultan retratados como lo que son: una máquina carente de escrúpulos capaz de devastar cualquier otro país que tenga recursos que puedan serle de interés. Naturalmente aquí estamos hablando de los Estados Unidos, pero también de las potencias de Europa. Respecto a los individuos que han nacido y crecido en dichos sistemas socioeconómicos, se nos presentan como auténticos desalmados que en el mejor de los casos se aprovechan sin complejos los resquicios del sistema legal para enriquecerse sin demasiado esfuerzo, pero que llegada la ocasión también harán uso de actividades ilegales para lograrlo.
Bueno, esta es la impresión global que me ha quedado tras terminar el libro, pero evidentemente no estamos ante un ensayo. En la trama en realidad asistimos a una complicada relación de pareja entre Paul y Elisabeth Booth, ésta última hija de un antiguo magnate de la minería, F.R. Vorakers, caído en desgracia al descubrirse ciertas prácticas ilegales en la gestión de su compañía, la VCR (Vorakers Consolidated Reserve). Paul había trabajado con su suegro y había sido el brazo ejecutor de algunos de sus turbios tejemanejes. Ahora mismo ejerce como una especie de relaciones públicas y director de campaña para la captación de donaciones y créditos de una organización religiosa evangélica, integrista y creacionista, liderada por el reaccionario reverendo Ude. Tanto Elisabeth como su hermano Billy Vorakers, que ha vivido del cuento toda su vida y se lleva a matar con su cuñado, han quedado en una situación económica muy complicada, con derecho a una cuantiosa porción de la VCR a la cual paradójicamente no pueden acceder por la intrincada trama de fideicomisos y fundaciones del testamento paterno. Los Booth acaban de mudarse a una vieja casa estilo gótico carpintero del Hudson en las afueras de Nueva York. Su arrendador, el señor McCandless, se ha reservado el derecho de uso de una habitación que cerrada con candado, guarda una gran cantidad de libros y material variado procedente de su trabajo como geólogo, que le veremos ordenar, recoger y tirar a lo largo de la acción. Y en realidad poco más puedo contar sin hacer que el resumen adquiera las mismas dimensiones de la novela. Da la impresión de que Paul intenta hacer dinero solo mediante actividades de dudosa legalidad. Además maltrata a Liz, tanto física como psicológicamente; según se desarrolla la historia y por la cantidad de violencia implícita de la que seremos testigos, se nos hará evidente que pase lo que pase, esto no puede acabar bien.
No voy a decir que me haya parecido una lectura fácil porque no lo ha sido. Gaddis no hace un planteamiento de la situación en la que se encuentran inmersos los protagonistas, nos deja caer sin más en sus vidas al comienzo de la página uno y será responsabilidad nuestra extraer toda la información de los diálogos. Y es que para mi sorpresa y dado lo poco frecuente del caso, la narración se basa casi exclusivamente en diálogos, unos diálogos profundos, demenciales y extraordinarios que parecen en realidad pequeños monólogos vomitados con una angustia desesperante. Porque en realidad, hay un enorme distanciamiento entre los protagonistas, cada uno tiene una serie de motivaciones que poco o nada interesan o tienen que ver con el resto. La sensación de soledad y aislamiento que transmite es brutal. Y desde luego resulta espectacular lo bien que el autor consigue poner por escrito la dinámica del lenguaje verbal. Las interrupciones, las pausas, los titubeos. Las repeticiones ante la duda de lo que vamos a expresar o las pequeñas aclaraciones, que a modo de onomatopeya, que le dan al texto un carácter de representación teatral. Yo desde luego no me había encontrado nunca con algo así.
Resumiendo, una novela bastante exigente con el lector pero tremendamente original, desarrollada a base de diálogos. Sin olvidar por supuesto, la devastadora crítica de fondo. Repetiré con Gaddis fijo. Tenéis más reseñas en La medicina de Tongoy (no podía fallar, evidentemente), El lamento de Portnoy (con su habitual enfoque al margen de lo convencional) y Un libro al día (donde sale muy malparada).
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