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8 jul 2018

Brújula - Mathias Énard

Franz Ritter es un reconocido musicólogo austriaco. La reciente confirmación del grave diagnóstico de una enfermedad que padece le provoca una noche de insomnio, durante la cual se dedicará a rememorar su historia de amor con Sarah. Esta joven especialista en Oriente medio coincide con Ritter en su pasión por esos países y su cultura. Así que el vienés aprovechará la falta de sueño para hacer un recorrido por los mismos, contándonos su propia historia y la de tantos otros que le precedieron en su amor por  Oriente próximo.

Me cuesta creer que esta novela haya salido de la misma pluma que Calle de los ladrones, un libro arrebatador que no me he cansado de recomendar y regalar. Bien es cierto que El alcohol y la nostalgia me pareció más bien anodina, pero es que Brújula me ha resultado tan insoportable, tan densa y a la vez carente de interés, que no he llegado ni a la mitad de sus casi 450 páginas. Me he pasado unos 10 días intentando leerla pero encontrando las excusas más absurdas para evitarlo. Hacer la compra, poner una lavadora, ¡hasta planchar, que lo odio, me parecía mejor opción!  Cada rato que he pasado con su lomo entre las manos ha sido una auténtica tortura. Lo único que conseguía motivarme era la trama de ficción protagonizada por Ritter. Descubrir más detalles de su relación con Sarah despertaba al cotilla que llevo dentro. Saber cuál era su enfermedad alimentaba mi lado morboso. Solo estos dos aspectos lograban darme el empujón necesario para seguir dándole una oportunidad. Pero este contenido no supone ni el cinco por ciento del texto. El grueso de argumento consiste en una letanía interminable de nombres, lugares e historias sobre hombres y mujeres apasionados por Oriente próximo. Músicos, compositores, arqueólogos, pintores, historiadores, escritores, poetas o aventureros inundan las páginas con los detalles más nimios sobre su relación con Turquía, Siria, Irak o Irán. Me imagino que quien tenga paciencia para terminarlo se encontrará con más paises y más anécdotas.

Yo no nunca he tenido especial interés por el orientalismo, pero esto tampoco debería haber sido óbice para disfrutar del libro. Sin embargo las constantes menciones de Mathias Énard a éste personaje, áquel o el de más allá en sus andanzas por la zona se me han hecho extremadamente pesadas. Por poner un ejemplo, ahí va la frase que me hizo decidir dejar de leer el libro:
Para él, el destino de Marguerite d'Andurain llamada Marga representaba la antítesis de Stanhope, del de Eberhardt o del de Schwarzenbah, su doble oscuro, su sombra.
Cuatro nombres propios que comparten el entusiasmo del protagonista por los países del cercano Oriente. Cuatro nombres en una sola frase, a los que se suman otras cuatro mil frases más con una lista interminable de individuos y experiencias que lo único que han conseguido es recordarme a artículos sacados de la Wikipedia. Algunos famosos, otros semidesconocidos o marginados. Que vivieron el el S. XIX, el XX o el XXI. Estupendo.

El nivel de erudición de Énard es apabullante, avasallador, solo comparable en magnitud a la poca gracia que le he encontrado yo a sus vastísimos conocimientos. En ocasiones me he visto tentado a acusarle de pedante, pero en realidad es mucho más sencillo que eso. Es evidente que este autor está especializado a nivel académico en estos temas, pero el hecho de que yo haya sido incapaz de conectar lo más mínimo con la historia tampoco es razón para insultarlo. Quizás haya sido el formato que ha adoptado en la narración. Tal vez se han juntado el hambre con las ganas de comer: desinterés mío y estilo farragoso. Tampoco importa, lo verdaderamente relevante del caso es que yo no soy el tipo de lector destinado a este libro. Y en ocasiones como ésta lo mejor es cerrar las tapas y pasar a otra cosa. Tenéis más reseñas en Entre montones de libros, Libros y literatura y La finestra digital. Los tres coiciden en que la lectura no es ágil y que cuesta cogerle el ritmo, a pesar de todo lo cual, nos dicen que es un gran libro. Tan grande como una guía telefónica, sí.

18 feb 2017

Calle de los ladrones - Mathias Énard

Lajdar es un joven tangerino, poco más que un adolescente, que es repudiado por su familia cuando su padre le sorprende in fraganti manteniendo relaciones sexuales con su prima Meryem. Obligado por tanto a vivir de la mendicidad y a dormir en la calle, deambula sin objetivo alguno por Marruecos durante unos meses hasta que decide volver a su cuidad natal. Allí retoma el contacto con Basam, su mejor amigo a quien conoce desde la infancia y quien le presenta al jeque Nuredine, un seductor individuo de 40 y pocos años procedente de algún estado de la pensínsula arábiga que está al frente del «Grupo Musulmán para la Difusión del Pensamiento Coránico», en cuyas instalaciones hay una mezquita y una pequeña librería en donde empezará a trabajar nuestro protagonista. Acogido por estos islamistas, Lajdar logrará la estabilidad suficiente como para fantasear con un salto a Europa, a lo cual ayudará que inicie tímidamente una relación amorosa con Judit, una joven catalana que estudia filología árabe y a quien ha conocido mientras ella recorría Marruecos de vacaciones. A todo esto se suma que la acción transcurre en 2011, con los efectos de la denominada Primavera Árabe desestabilizando regímenes con las libertades muy restringidas y exigiendo la apertura democrática del mundo árabe. Las actividades del carismático jeque, su grupo y su amigo Basam, quien parece totalmente anulado por la personalidad del árabe, empiezan a leavantar sospechas en Ladjar cuando los actos violentos, comenzando por palizas a infieles, entran a formar parte de sus actividades. El joven se desvincula del grupo, cuya sede es destruida por un misterioso incendio pocos días después de un atentado terrorista en Marrakech, y cambia de trabajo, lo cual le permitirá, con el tiempo, trasladarse a España y tras pasar algún tiempo en Algeciras, marcharse a Barcelona en busca de Judit. Pero lamentablemente para él y aunque en global su experiencia en la ciudad condal le está resultando positiva, las cosas se complicarán tras la inesperada aparición del jeque y Basam en Barcelona por un viaje de negocios, tanto que conducirán a Lajdar a un callejón sin salida.

Para quien no lo recuerde, mi toma de contacto con Mathias Énard hace unos años fue de lo más insulsa (El alcohol y la nostalgia). Sin embargo tras la concesión del premio Goncourt de 2015 a Brújula me quedé con las ganas de reintentarlo, y creo que he acertado de pleno con Calle de los ladrones. Para empezar la trama general sobre la atribulada vida del joven protagonista, tanto en sus numerosas desgracias como en sus contadas fortunas, ha conseguido rememorar las mismas estúpidas -pero agradables- sensaciones asociadas a la ilusión por empezar a vivir la vida adulta, promesa de una felicidad que en realidad difícilmente existe (una revelación que yo he tardado en aceptar pero que el protagonista se verá forzado a asumir bien pronto). A esa edad todos hemos experimentado las ganas de comernos el mundo en mayor o menor grado; lo terrible en mi caso es que incluso el simple recuerdo de dichas ansias por vivir, de la cuales se me van agotando las reservas, había sido totalmente enterrado por toneladas de actos rutinarios acumulados durante años. Y aunque en perspectiva no puedo evitar pensar que resultan ingenuas, me siguen pareciendo estimulantes. Es evidente por otro lado que el origen y contexto en que se mueve Ladjar es probablemente más complicado que el de la media, o al menos la media de la población de los países occidentales. Mayor es por tanto el mérito de sus incansanbles intentos de mejorar su existencia y también la habilidad de Énard a la hora de transmitirlo. Tanto es así que no en pocas ocasiones ha conseguido conmoverme a mí, que ando todo el día jactándomoe de una pretendida misantropía sin otra manifestación real que algún exabrupto cuando se tratan cuestiones animalistas. Y es que en el fondo soy un pedazo de pan, aunque con cortezones muy resecos por según que zonas, tampoco nos engañemos.

Dejando confesiones personales a un lado y volviendo a la reseña, la narración destaca igualmente por su fiel reflejo de la actualidad política mundial. Las revueltas aperturistas árabes y la crisis económica mundial tienen una presencia importante que, como no podía ser de otra forma, condicionan los hechos recogidos en la ficción. También brillan con luz propia las dos principales ciudades en las que transcurre la acción: Tánger y Barcelona. La descripción de las mismas, en tanto en cuanto forman la geografía vital del protagonista, juega un discreto papel que sin embargo enriquece enormemente la lectura. Ahora me diréis que yo siempre critico las novelas en las que se citan plazas, avenidas o calles de las ciudades en que se desarrolla la acción (especialmente Nueva York o Londres), como si su sola mención debiera despertar una conexión mística inmediata con el acontecimiento narrado. Sí, no lo voy a negar, así es; me he quejado de ese vicio más de una vez y más de dos. Se me podría echar en cara que conozco relativamente bien Barcelona, una ciudad que me encanta, de ahí que cuando Lajdar se mueve por sus barrios, esquinas o calles (incluso el carrer d'En Robador origen del título de la novela) no pueda evitar que sus imágenes aparezcan en mi mente. Sin embargo nunca he visitado Tánger, y a pesar de que temporalmente aparece en la trama antes que Barcelona, los efectos de las referencias urbanas que el escritor incluye eran exactamente los mismos.

En fin, para qué enrollarme más, podría seguir mencionando cosas que me hen encantado de esta historia, como la pasión de su protagonista por la literatura y los libros, pero voy a dejarlo aquí. Por si a alguien le quedan dudas, me acabo de convertir en el fan número uno de Mathias Énard de mi bloque y probablemente de mi calle. Recomendada sin reserva alguna, volveré sin duda a su obra y espero que no me defraude, porque el único fallo que puedo poner a esta novela es que el desenlace final me parece un poco forzado, aunque el experto en cuestiones árabes y persas es el autor, sin duda sabrá mejor que yo lo que podría pensar un tipo como Lajdar. Tenéis más reseñas en Fantasymundo y Universo la Maga, ambas tan entusiastas como la mía y la última, bastante extensa además.

3 ene 2014

El Alcohol y la Nostalgia - Mathias Énard

Historia de triángulo amoroso que no llega a trío. Francesito de provincias (Mathias), parisina (Jeanne) y ruso moscovita de adopción (Vladímir) que la lían parda en la capital de Rusia. Todo muy guiado por la pasión por la literatura, sobre todo la rusa, claro. Mathias Énard no solo menciona autores conocidos y no tanto (Gógol, Tolstói, Dostoievski, Mandelstam, etc.) sino además personajes de sus novelas durante las descripciones de personajes o para buscar similitudes en alguna anécdota. Menos más que tenía a mano la Wikipedia, porque me ha ayudado a no perder el norte dado mi patético conocimiento de la literatura rusa. En fin, que los franceses vivían en París, pero Jeanne consigue a una beca en una universidad de Moscú y allí que se marcha y conoce a Vladímir, que es algo mayor que ella y doctorando, y se enamoran y al año siguiente el protagonista/narrador en primera persona (Mathias) también se marcha a la capital de Rusia movido por su amor/celos. Al principio hay un poco de tirantez entre los dos machos del triángulo pero luego a base de alcohol, muchísimas drogas y tiempo juntos la cosa se suaviza y se hacen super amigos y los tres viven estupendamente, aparentemente.

De esto nos enteramos en el largo flashback que sucede al inicio de la novela, que se abre con la noticia de la muerte de Vlad unos años después de los locos días de Moscú. Mathias (el ich-Erzähler) que volvió a París, coge un vuelo a Moscú para acompañar al cadáver a su ciudad natal más allá de los Urales, en un largo periplo en tren por la geografía transiberiana y del recuerdo.

A mi personalmente la historia no me ha dicho absolutamente nada. No se ha hecho pesada, eso lo admito. Está muy bien escrita y no llega ni a las 100 páginas, lo cual ayuda. Pero mis años mozos son un recuerdo tan lejano que nada relacionado con el aprendizaje vital (experimentación con drogas, escarceos amorosos juveniles, viajes y aventuras, etc.), me emociona lo más mínimo. Lo puedo entender, como ya dije hace tiempo en el post de En la Carretera, pero desde la indiferencia y el desinterés. Tenéis otras reseñas en Papel en Blanco, Zafarranchos Merulanos y Offuscatio. En todos los casos han visto en esta novela corta muchísimo, pero muchísimo más que yo, y en todos los aspectos posibles además.
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