8 ago. 2014

Doctor Glas - Hjalmar Söderberg

El doctor Glas tiene su consulta en Estocolmo y con treinta años ya cumplidos sigue soltero y virgen, tal y como nos confiesa. Algo así a principios del S. XX era motivo de cierta sospecha, aunque en su caso su gran profesionalidad le resta importancia a ese pequeño detalle. Ha tenido dos o tres amoríos juveniles, breves, intensos y malogrados, bien por la mojigatería general de la época, bien por su falta de arrojo. Cómodamente establecido como un joven y competente médico, se ha acostumbrado a la  soledad y destila cierta misantropía. Desde el diaro que escribe y que constituye esta novela nos asomamos a unos meses de su vida (todo el verano y principios del otoño) en que se desarrollan unos acontecimientos que nos permitirán conocerle mejor. Porque un día recibe la visita de la joven y bella esposa del pastor Gregorius, quien está al borde de la desesperación porque su marido, próximo a los sesenta, se empeña en ejercer sus "derechos maritales" para dejar descendencia sin contar con su aprobación. Poco más o menos que la viola a diario, pero claro, dentro de la sacrosanta institución del matrimonio y en un contexto religioso es difícil de ver así. Nuestro protagonista se enamora secretamente de ella y promete ayudarle. Inicialmente la táctica será emplear mentiras médicas (salud delicada de ella, corazón débil de él), pero una vez éstas se vuelven insuficientes, la idea de asesinar al pastor se instala en su cabeza.

Publicada en 1905, no me extraña que Doctor Glas fuera considerada escandalosa por los sectores conservadores de la sociedad del momento. De hecho, la personalidad que Hjalmar Söderberg adjudica al protagonista, basada en el pensamiento racional, en su confianza en la ciencia, y en su experiencia como observador, sigue teniendo rasgos tan polémicos como hace más de un siglo. Al margen de sus desaconsejables tendencias homicidas, el doctor Glas tiene una actitud intachable pero algo singular para la época. No se deja influir ni por la religión ni por la moral. Si se somete a ambas es porque el marco jurídico traduce en delitos la mayoría de actos que la sociedad considera amorales. Se ve obligado por tanto a rechazar intervenciones para provocar abortos no porque los considere contrarios al juramento hipocrático, tal y como quiere hacer creer a las desgraciadas mujeres que los solicitan, sino porque sabe que le acarrearán problemas con la justicia. Sorprende ver la aproximación tan moderna, tan basada en el respeto a los derechos humanos y a la libertad del individuo que el doctor Glas tiene sobre temas tan delicados como la eutanasia, la prostitución o la liberación de la mujer. Todas sus reflexiones filosóficas al respecto me han parecido irrebatibles, incuestionables, hechas desde sus impresiones en primera persona y alejadas de cualquier influencia del luteranismo imperante en Escandinavia, que considera altamente pernicioso. Por otro lado, una serie de detalles muy bien planteados por el autor justifican su carácter. Para empezar durante su infancia padeció a un padre muy severo y autoritario, que confiaba en los castigos físicos para corregir su conducta. También es algo inseguro, en un momento se considera un hombre del montón y al cabo de rato reconoce que es muy buen partido. Envidia eso sí a los hombres que considera triunfadores, felizmente casados -al menos en apariencia-, con buena reputación y carreras prometedoras. Algunos blogs comentan que dicha admiración podría ocultar tendencias homosexuales, pero a mi personalmente me parece que es más bien producto de un complejo de inferioridad que arrastra por no encajar en el modelo social imperante.

La novela me ha parecido sencillamente magnífica, otro de los títulos leídos en el 2014 a los que me rindo incondicionalmente. No sé cuántas citas habré anotado, certeras frases que demuestran un conocimiento profundo del ser humano y sus contradicciones. Tengo que admitir que he reconocido mi propias ideas en muchas de las invectivas que el doctor Glas hace contra la falsedad y la hipocresía que le rodea. Por no hablar de ese aislamiento voluntario (apenas tiene un par de amigos a quienes ve de cuando en cuando), de esa separación de un mundo que no entiende y que del cual ha elegido alejarse libremente. Un libro muy, muy recomendable que pone en entredicho cuestiones que un más de cien años después, siguen sin resolverse. Más reseñas en Un libro al día y La medicina de Tongoy.

2 comentarios:

Ana Blasfuemia dijo...

Tenía este libro anotado, creo que de haberlo visto en La medicina de Tongoy y se me había olvidado. Voy a retomarlo y cuando ceda un poco el calor que me tiene la sesera aletargada le echaré un ojo. Seguro que si veo que también sacaría unas cuantas citas no lo haré esperar. Lo cierto es que una de las cosas que tiene leer es darte cuenta que pasan años y años y años... y hay cosas tan vigentes que da para pensar qué entendemos por evolución y "modernización".

Besos

Cities: Moving dijo...

@Ana Blasfuemia: Efectivamente, a mi me afecta bastante ver que un libro escrito hace más de un siglo plantea cuestiones plenamente vigentes hoy día. En primer lugar porque no entiendo por qué no se ha avanzado prácticamente nada para resolverlas (excepto en un reducidísimo número de países), y en segundo porque a modo de mazazo, me doy cuenta de que se debe a que las fuerzas más reaccionarias siguen manejando los hilos. Terrible. Por cierto que yo también le eché el ojo en el blog de Tongoy ;)

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