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17 dic 2021

La canción de los vivos y los muertos - Jesmyn Ward

Jojo tiene trece años y se encarga del cuidado de su hermana pequeña Kayla porque su madre, Leonie, apenas se preocupa por ellos. Todos viven con sus abuelos maternos en el Mississippi rural. Michael, el padre de los niños, está en la cárcel y es blanco. Ha dejado de hablar con sus padres porque son unos racistas de cuidado y no le perdonan que su pareja sea una mujer negra. Así que cuando termina la condena en la penitenciaría de Parchman, serán Leonie y los niños quienes irán a recogerlo. Pero el abuelo de Jojo también estuvo recluso en esa institución cuando era joven. Allí conoció a Richie, un niño negro de doce años que fue condenado por robar comida para sus hermanos. Jojo conoce la historia de Richie pero solo a medias. Su abuelo no termina de contarla por completo y le oculta muchos detalles sin que él sepa la razón. En el viaje a la prisión sucederán ciertos acontecimientos que provocarán que Jojo sepa lo que en realidad sucedió con Richie.

Jesmyn Ward vuelve a situar la acción de una de sus novelas en el pueblo ficticio de Bois Sauvage, donde también transcurre la que hasta el momento era mi única experiencia con su obra: Quedan los huesos. Sin embargo hay una diferencia muy notable entre los dos textos: mientras que aquélla es una novela realista, en La canción de los vivos y los muertos es la componente fantástica la que da forma a la narración. Y es que algunos miembros de la familia de Jojo tiene una conexión con aspectos espirituales del mundo que abarcan no solo el plano humano, sino también el animal o la Tierra considerada como sistema global. Esto aportará unos elementos de misterio sobrenatural que permitirán conducir una trama adictiva y apasionante.

La acción se cuenta desde tres puntos de vista diferentes: Jojo, Leonie y en menor medida Richie. Cada voz y cada personaje están caracterizados con una precisión asombrosa. Asi, el resentimiento de Jojo hacia su madre se derrama por las páginas, al igual que el amor por su hermana y sus abuelos. Leonie es aparentemente una desalmada, incapaz de mostrar afecto por sus hijos a pesar de amarlos; la pésima relación con los padres de Michael, enturbiada más si cabe por la dramática muerte de su hermano mayor, en la que la familia de sus suegros se vió involucrada, la ha desquiciado. Y Richie se revelará como un pobre inocente que ha sido víctima de una violencia intolerable, de la cual el abuelo de Jojo no lo pudo proteger.

De fondo se muestra la abyección de la sociedad estadounidense por su racismo sistémico hacia los afroamericanos. Súmale la pobreza y marginalidad a que se les condena y el cóctel no puede ser más amargo. Y a pesar de ello, resulta emocionante comprobar la gran dignidad y bondad con que se comportan, cuando la existencia miserable a que son forzados debería ser suficiente para que se levantaran en armas e iniciaran una revolución cruenta. Muy cruenta, mucho. En definitiva, el libro es una auténtica maravilla. Es emocionante, adictivo, brutal, despiadado. El único fallo que le puedo poner, que no sé si achacar a Ward o a la traducción, es que se usan algunos términos con un registro demasiado elevado para el perfil sociocultural que se supone a los personajes: escápulas, crestas superciliares, poliestireno expandido, hendiduras intercostales. Con Leonie puedo llegar a creérmelo, pero es que la mayoría de las veces es Jojo quien usa esas expresiones y palabras tan alejadas de un registro coloquial. En todo caso es un problema menor sin demasiada importancia, que en absoluto estropea la experiencia tan extraordinaria que ha supuesto leer este libro.

20 nov 2020

Quedan los huesos - Jesmyn Ward

Esch es una adolescente que vive con su padre y sus tres hermanos en una casa destartalada en Bois Sauvage, un pueblo ficticio en la costa del estado de Mississippi. Malviven y malcomen con el poco dinero que su padre, alcohólico, consigue haciendo algunas chapuzas. Estamos en plena temporada de tormentas tropicales, que azotan el golfo de México. Pero los chavales no se las toman demasiado en serio. Tienen sus propias preocupaciones. El primer gran amor en el caso de Esch y un posible embarazo. Y si hablamos de sus dos hermanos mayores, sacar adelante una camada de pitbulls y conseguir una beca para un campamento de verano de baloncesto, respectivamente. Sin embargo su padre empieza a prepararse de manera obsesiva para hacer frente al próximo huracán, al que servicios de meteorología han bautizado con el nombre de Katrina.

Quedan los huesos es una novela con un lenguaje muy simple y accesible, muy directo. Usa casi exclusivamente el presente de indicativo. Solo recurre al tiempos verbales en pasado para explicar, a modo de flashback, el origen de aquellos temas que afectan al discurso de la joven narradora protagonista. El texto se elabora en casi su totalidad a base de frases simples, muy cortas además. Una  estructura muy sencilla de sujeto, verbo y algúnos complementos. Hay yuxtaposiciones, aunque con poco elementos. También frases coordinadas copulativas. Los verbos en presente y las frases cortas consiguen imprimir a la narración un ritmo de avance que reproduce una manera asombrosa el tiempo real. Casi podemos notar cómo transcurren los segundos a medida que se desarrolla la acción. Jesmyn Ward ha conseguido dotar al texto de un tempo muy cercano a la velocidad e intensidad con que un adolescente ve pasar la vida. Todo es nuevo, todo está por hacer y descubrir. Aunque también es verdad que al menos yo he terminado un poco cansado de ese constante ir y venir. Es como si estuvieramos acompañando a los personajes en sus correrías por los bosques de Bois Sauvage. Y al menos en mi opinión la trama se estira más de lo necesario y nos cuenta decenas de cosas que no aportan mucho al tema de fondo.

Los protagonistas son afroamericanos y pobres de solemnidad. A pesar de la terribles condiciones en las que viven, tanto ellos como la mayoría de personas en su entorno se caracterizan por un gran corazón. Se preocupan los unos por los otros con un interés verdadero que nace del cariño auténtico. Actúan con una dignidad, una humildad y una honradez tan devastadora, que uno no puede evitar preguntarse por qué aceptan con mansedumbre las adversidades que padecen. Por qué los golpes que reciben (y reciben muchos), ni siquiera parecen afectarles. Sin embargo saben que sus vecinos más acomodados, casi todos blancos, evidentemente, tienen acceso a un montón de recursos y posibilidades que les están vedados. Han interiorizado esa diferencia social/de clase desde su nacimiento y se resignan. Aceptan un destino tan terrible como si fuesen monjes budistas que han alcanzado el nirvana. Al fin y al cabo de la pobreza y la marginalidad es muy difícil salir. Es verdad que Ward procede de un entorno rural y de una familia muy humilde, lo cual hace pensar que hay mucho de autobiográfico en esta historia. Esta autora sería por tanto un ejemplo de que es posible romper ese círculo vicioso de nacido pobre-muerto pobre. Pero no nos engañemos, los telediarios están llenos de casos que nos muestran que lo habitual, con diferencia, es contrario. En este sentido la obra resulta conmovedora y brutal, pues expone las miserias de la sociedad humana sin miramientos. Quema la sangre pensar que es así. Pero peor aún es ser consciente de que nada va a cambiar.
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