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23 sept 2018

La tercera persona y otros relatos fantásticos - Henry James

Una vez leída esta pequeña recopilación de relatos cortos a cargo de Henry James, puedo afirmar con la autoridad (poca) que me permite el conocimiento de la misma (menos aún), que titular a este breve volumen La tercera persona y otros relatos fantásticos es lo que se viene denominando una desfachatez editorial. Mi propuesta, mucho más honesta con el lector, es que para futuras reediciones se cambie a 'La tercera persona, un relato fantástico, y otros tres relatos más'. Porque mira que hay que ser atrevido para intentar clasificar dentro de la temática fantástica a tres de los cuatro cuentos que incluye este breve volumen. Luis Magrinyà, traductor de los textos, avisa en el prólogo que dicha componente es en algunos de ellos, por decirlo de alguna manera, ligeramente transversal. Ya os digo yo que es tan transversal que apenas pasa rozando la esquina de alguna página suelta. Y eso en el mejor de los casos. Como solo son cuatro, hoy me voy a permitir el lujo de hacer un brevísimo resumen de la trama de todos ellos:

  • Sir Dominick Ferrand. Un joven aspirante a novelista compra un escritorio en un anticuario. Por accidente descubre un compartimento secreto que oculta cartas personales de un prohombre del gobierno británico ya fallecido. Una joven viuda que vive en su misma casa de huéspedes se inquieta sobre las mismas y le pide que las destruya.
  • Nona Vincent. Otro joven aspirante a escritor recibe el mecenazgo de una mujer casada muy bien situada y aficionada a las artes. Nuestro hombre escribe una obra de teatro, homónima del cuento. Tras dos años de intentonas en balde, su bienhechora convence a un empresario para que la represente, pero la primera actriz no parece estar a la altura del personaje.
  • El mejor de los lugares. Reflexión sobre el estrés de la vida moderna y el verdadero valor de las cosas desde una experiencia onírica.
  • La tercera persona. Cuento de fantasmas que se aparecen una casa de la costa sur de Inglaterra habitada por dos primas solteronas.
A pesar de que el libro no llega ni a las doscientas páginas en la edición de Rialp, se me ha hecho bastante pesado de leer. La responsable de ello no es otra que la prosa del autor. Ampulosa, sobrecargada, densa y decimonónica son solo algunas de sus características. Sus frases interminables están repletas de aclaraciones y descripciones. La paciencia del lector contemporáneo se acaba bien pronto porque se ve obligado todo el rato a detenerse y regresar al principio de la frase para poder ir cerrando referencias anidadas. No le voy a quitar los méritos que tiene si lo consideramos desde un punto estilístico, pero todo lo que gana en la afectación artística se pierde en fluidez y facilidad de lectura. Valga como ejemplo el siguiente extracto tomado de 'Sir Dominick Ferrand':
"Fraseaba los versos con su avariciosa dulzura, y Peter, ahí sentado, sujeto como entre dos planchas de terciopelo, palpitaba con la emoción, luego irrecuperable en su forma genuina, de un joven artista que asiste por primera vez a la «ejecución» de su obra: [...]"
Ya solo el uso de verbos como 'fraseaba' o 'palpitaba' me provoca un rechazo tal que lo podría somatizar en forma de enormes pústulas con enanos asesinos dentro. Por no hablar de tanta pausa ilustrativa, tras la segunda ya no sé qué  parte del discurso en concreto está ilustrando. Caso aparte es, precisamente, el único relato que cae sin reservas dentro del género fantástico. 'La tercera persona' es mucho más ligero y entretenido, con claros elementos humorísticos y costumbristas, y unos personajes entrañables. En fin, una experiencia totalmente decepcionante. Excepto el último mencionado, dudo mucho que esta selección de cuentos destaque dentro de la narrativa breve del autor norteamericano. Tenéis más reseñas en Saltus Altus y Libros de Cíbola. Como era de esperar, ninguno de los dos le chista a un escritor tan ínclito.

19 may 2016

Los papeles de Aspern - Henry James

Un crítico e historiador literario especialista en el difunto poeta Jeffrey Aspern se entera a través de otro erudito de que es muy probable que una antigua amante del escritor, Juliana Bordereau, ya anciana, cuente con una extensa colección de cartas, objetos y documentos del artista. Así pues, nuestro intrépido protagonista se traslada a Venecia, que es donde la vieja musa/amante vive en semirreclusión voluntaria con su sobrina Tita, con la artera intención de engatusarlas y conseguir acceso a dichos papeles, que espera puedan arrojar algo de luz sobre la vida privada del laureado poeta. Su plan pasa por instalarse como huésped realquilado en el palazzo donde residen las dos mujeres, y una vez dentro ganar su confianza usando todos los medios a su alcance dentro de la legalidad, aunque moralmente puedan ser reprobables.

Los papeles de Aspern es una novela corta de factura muy clásica: presentación muy explicativa y descriptiva, nudo con  conflictos y dificultades, desenlace que incluye sorpresa. Narrada en primera persona por el crítico protagonista, cuyo nombre no llega a trascender, tiene un regusto más bien vetusto, con todos esos principios y esas costumbres tan decimonónicas que a una mentalidad contemporánea le cuesta creer. Pero bueno, eso le da también un toque entrañable, a cuando las cosas no eran tan tecnológicas, tan hipercomunicadas, corporativas, aldea global, era de la información, Internet de las cosas y zarandajas similiares.

Entretenida, ligera y sin una palabra de más, el objetivo es cuestionarnos los límites que ponemos para conseguir lo que deseamos. Tiene un final un poco abrupto, pero a pesar de todas las bajezas que el protagonista se llega a plantear para conseguir el material del poeta (bajezas según la óptica de la segunda mitad del S. XIX, claro), hay que admitir que el cierre se rubrica con un gesto de absoluta dignidad. Tenéis más reseñas en Un libro al día, Solo de libros y Papel en blanco, aunque hay muchas más, de hecho parece que toda la blogosfera ha leído y comentado este libro.

26 mar 2016

Washington Square - Henry James

El argumento de Washington Square es bastante simple y muy decimonónico. Catherine, la hija del reputado doctor Slope, es una muchacha muy correcta, muy simple y muy obediente en edad casamentera. Físicamente no se puede decir que sea fea, aunque nunca destacaría ni por su belleza ni por su estilo. Su padre es plenamente consciente de sus limitaciones, especialmente por el contraste que supone con su difunta esposa, que según se nos presenta, era un dechado de virtudes: guapa, inteligente, ingeniosa, etc. Lo que sí tiene Catherine es una herencia anual de $10.000,00 que le dejó su madre al fallecer y la asignación de unos $20.000,00 más de su padre para cuando se case. Tanto dinero puede aportar muchísimo atractivo a una joven pavisosa (en palabras de su propio padre). Así que cuando aparece en escena un tipo guapo, culto, viajado, arrebatador, un tal Morris Townsend, que es primo del prometido de una sobrina de Slope y que lamentablemente no tiene oficio ni beneficio y resulta vivir a expensas de su hermana viuda (con cinco hijos además), las alarmas de nuestro médico neoyorkino se disparan.

Como muy bien dice la contraportada de la edición de la editorial Eneida, la novela de Henry James constituye un duelo de voluntades. Una tensión contenida, pero presente en todo momento, se va acumulando capítulo tras capítulo deformando el carácter de la pobre Catherine, que resulta el personaje peor parado, un pelele sin opinión con quien juegan unos y otros. Por si no fuese suficiente con su padre y su pretendiente, cada uno tirando de ella en sentido contrario para que se adapte a sus respectivos intereses, tenemos también a Mrs. Penniman en danza. Hermana del doctor y viuda, vive con ellos en la casa de Washington Square. Lavinia, que así se llama la tía de Catherine, es una mujer bienintencionada pero irreflexiva. Enamorada de la idea del amor, se transforma en cómplice y confidente de Morris, pero por desgracia para todos, sus contradictorios y siempre cambiantes consejos no van a ser de mucha utilidad a nadie y van a enredar aún más una situación de por sí complicada.

En definitiva, estamos ante una historia bastante triste donde al final lo de menos importancia es si el compromiso matrimonial se materializa o no. Según lo veo yo, el interés del autor es más bien mostrar cómo podemos destrozar la vida de dos personas por los prejuicios y por una concepción equivocada del amor y la protección. Porque las cosas como son: el doctor Slope es un desalmado que en primer lugar considera a su hija una especie de discapacitada emocional sólo porque no cumple las expectativas que el había depositado en ella. Como si solo mereciesen ser felices o llevar una vida propia las personas que él considere dignas de ello, gente triunfadora y no mediocres de su propia sangre. Los cuidados  enfermizos que despliega sobre ella, los aires de superioridad intelectual y el trato condescendiente a que la somete conseguirán con los años justo lo contrario: que Catherine refuerce su personalidad y sea capaz de defenderse de los ataques de su padre como un contrincante a igual nivel. Como contrapartida, el precio que ha de pagar para llegar a ser una mujer segura de sí misma es la pérdida del gran amor de su vida. Pero bueno, no todo es tan sencillo en la vida real y en este caso, tampoco en la novela. En ese sentido nos encontraremos con una agradable sorpresa en los capítulos finales (por lo menos para mí lo fue).

No me puedo quejar de este primera experiencia con Henry James. A destacar la impresionante descripción de los personajes, de sus caracteres y sus personalidades. Aun cuando la prosa es super sencilla e inmediata, consigue expresar con una exactitud y una elegancia pasmosa el complicado mundo de los sentimientos. Los capitulos caen uno tras otro a un ritmo endemoniado, aunque también es verdad que hay muchísimos diálogos, que eso siempre aligera el paso. Si algún pero he de ponerle, es la total contención de los personajes, por otro lado algo imposible de desvincular del tipo de sociedad en que fueron paridos (la novela data de 1881). Esa devoción y ese respeto incuestionable que se tiene al progenitor resulta inconcebible hoy día. Mientras leía el libro me iba indignando poco a poco contra el tirano absolutista que es el doctor Slope por la castración emocional a que estaba sometiendo a Catherine, siempre por supuesto por el bien de ella. Pero bueno así eran las cosas entre las clases pudientes de finales del S. XIX. Tenéis más reseñas en Solo de libros, Orgullo y prejuicio y Qué leería Jane Austen.
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