27 feb. 2016

¡Que te follen, Nostradamus! - Roger Wolfe

Roger Wolfe redactó un diaro en 1999 con vistas a ser publicado en el 2000. Muy acertadamente, decidió titularlo '¡Que te follen, Nostradamus!' aprovechando la polémica sobre las espeluznantes profecías del astrólogo francés -a quien Paco Rabanne haría la competencia en cuanto a estupidez y falta de tino-, que vaticinaban el fin del mundo con la (falsa) entrada del nuevo milenio. Evidentemente con tan malsonante encabezamiento no pretendía sino pitorrearse de la caterva de crédulos y oportunistas que hacen negocio con los incomprensibles vaticinios del fallido visionario.

Wolfe sigue en este libro la línea de los «ensayos-ficción» por los que me hice fan suyo (por ejemplo Sientate y escribe y Escrito con la lengua), así que las rigurosas y ácidas invectivas contra la sociedad y el ser humano que este volumen recoge y a las que nos tiene acostumbrado harán las delicias de sus seguidores. No olvidemos sin embargo que el texto está redactado en formato diario, por tanto también incluye lógicamente muchos detalles de su vida personal: problemas para cobrar sus colaboraciones con El Mundo o Ajoblanco, problemas con su pareja, su vida en Gijón, una posible mudanza a Madrid -ahora se van, ahora se quedan-, sus viajes como intérprete de alto nivel, reflexiones sobre las frustaciones que le provoca ser escritor, etc. Con ese estilo suyo tan personal, nihilista y sin esperanza casi todo el tiempo, un lenguaje zafio, crudo y céliniano a veces, pero hábil e imbatible siempre, el escritor británico-español va desgranando a lo largo de los días pensamientos tan amargos como certeros sobre la podredumbre que representa el ser humano o la política, así en general, o sus vecinos y editores en particular. ¿He dicho ya que Wolfe no tiene pelos en la lengua? Hay una cuestión muy curiosa que he experimentado durante la lectura de este libro y que no puedo dejar de comentar, pues da fe del grado de implantación del policorrectismo lingüístico en el subconsciente colectivo: si hoy día subiéramos a twitter muchas de las cosas que este autor escribió en 1999 nos buscabamos un problema con la Ley. Y no exagero. Sin embargo lo bueno del caso es que cuando aún estás asimilando en toda su extensión e intensidad lo que acabas de leer, el registro cambia sin avisar y de pronto nos hace partícipes de las más disparatadas anecdotas que te provocan una risa incontrolable: alocadas lecturas poéticas que ha protagonizado, patéticos escritorzuelos primerizos que se ponen en contacto con él con la intención de revolucionar la poesía, absurdos cuadros de yonkies que pululan por la c/San Francisco de Bilbao, editores pillados en un renuncio ridículo, etc.

Una vez más ha sido un placer toparme con este autor. A pesar de lo lejano que nos parece 1999, la gran mayoría de sus observaciones sobre nuestra sociedad siguen estando -lamentablemente- a día de hoy tan vigentes como por aquel entonces. Si eso no es dar en el clavo, que venga dios y lo vea. Tenéis otra reseña en Escrito en el viento.

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