9 abr. 2015

Walden Dos - B.F. Skinner

La distopía es uno de mis subgéneros preferidos de la ciencia-ficción. Me gustan muchísimo esas recreaciones de futuros sombríos y alienados en los cuales la esperanza y la alegría han sido diezmadas por la avaricia, el egoísmo y las ansias de poder tan características del ser humano. Muy mal escrita tiene que estar una novela distópica para que yo no disfrute con la lectura. Ahora bien, ¿qué hay de las utopías? Es decir, ¿por qué no da tanto juego idear un futuro en el que por fin el ser humano se haya librado de sus aspectos negativos y consiga ser feliz y vivir en paz con sus semejantes y en armonía con el resto de seres de la creación? Muy probablemente porque el ser humano considerado globalmente es despreciable. En mi opinión los pocos ejemplos puntuales de altruísmo, bondad o genialidad que se presentan a lo largo de la historia no tienen fuerza suficiente para compensar la mezquindad, o simplemente la mediocridad, de miles de millones (7.000 y subiendo) de bocas humanas con sus patéticos deseos consumistas y una huella ecológica que riéte tú del desaparecido Concorde. Así pues, parece mucho más plausible ficcionar una deriva totalitaria de la humanidad, tipo '1984', 'Fahrenheit 451' o 'Un Mundo feliz', por citar las más conocidas y unánimente reconocidas como tales, que luego hay mucho despistado por ahí incapaz de diferenciar entre distopía y ciencia-ficción post-apocalítpica. Sin embargo B.F. Skinner se atrevió a coquetear con la utopía en Walden Dos. Y ni siquiera situó la acción en el futuro, sino que la hizo simultánea al momento de su escritura, apenas tres años después de la finalización de la II Guerra Mundial.

El libro nos describe una comunidad experimental utópica que lleva funcionando ya algunos años, en torno a una década diría yo. Ideada y concebida por un psicólogo conductista, E.T. Frazier, Walden Dos aglutina en una zona rural en torno a mil personas, las cuales viven en colectividad compartiendo todas las tareas necesarias para el mantenimiento de la misma, así como los beneficios obtenidos de ella. Varios han sido los mecanismos para conseguir que los habitantes de Walden Dos sean felices. Por resumir someramente, las claves están en la reducción de la jornada de trabajo (4 horas diarias), adecuación el empleo a las habilidades y a los intereses personales, fomento de la cultura del ocio y la expresión artística y por último la aplicación de técnicas de moldeado de la conducta para que el ser humano se adapte/readapte a las exigencias de la vida comunitaria y elimine los lastres culturales de la sociedad occidental. Hay un grupo de Administradores y Planificadores que van rotando y se encargan de velar por el reparto de tareas y de ajustar el peso de las mismas para que no se queden sin cubrir las menos atractivas. Igualmente realizan acciones más complejas: establecer protocolos de actuación, definir las directrices de educación y formación, relaciones públicas, etc. Una de las características más chocantes de Walden Dos es su interés en diluir la fuerza de la familia como unidad cultural. Todos los residentes participan activamente en la cria de todos los bebés, que hasta los 3 años viven en unos pabellones comunes. De la misma manera, todos los adultos comparten y reparten su afecto y cariño entre todos los niños, aunque los padres biológiocos sigan existiendo como presencia de algo más de peso.

Otros aspectos sociales y culturales como la sexualidad, el matrimonio, el divorcio, los modelos de convivencia etc. se han ido estudiando y reconfigurando según las necesidades detectadas, ya que Walden Dos es un gran experimiento social vivo, en constante análisis y cambio. La novela básicamente nos explica este modelo alternativo de vida que coexiste con la democracia norteamericana, integrada en su modelo legal y económico, pero relacionándose con ella solo cuando resulta estrictamente obligatorio. La trama nos presenta a dos parejas de jóvenes, descontentas con la sociedad a que han de incorporarse tras el fin de la contienda, que visitan la comunidad durante unos días junto con un par de catedráticos universitarios. El profesor Burris fue compañero de estudios de Frazier y el nexo de unión entre todos. Su personaje es crítico, aunque abierto y receptivo. Sin embargo Augustine Castle, historiador, interpreta el papel de abogado del diablo. Incapaz de reconocer los aciertos y ventajas de esta comunidad utópica, se dedicará a señalar los fallos que encuentra, dogmatizando y tratando de imponer el modelo social actual como único garante de un supuesto libre albedrío el cual, entiende, ha de ser el faro que guíe la existencia del ser humano.

En realidad podría decirse que estamos ante un ensayo sobre Filosofía y Psicología en forma de novela. El 95% del texto consiste en exponer el modelo de utopía conductista, analizarlo, explorar sus debilidades y fortalezas, cuestionar su validez. El 5% restante se rellena con la historia personal de los 6 visitantes y la relación que establecen o establecerán con esta comunidad. Tal y como se presenta, la verdad es que me a mí me han dado ganas locas de mudarme a cualquiera de las cinco centros que ya existían en la novela (al Walden 7 de Ricardo Bofill también me mudaría encantado, que conste). Todos los aspectos supuestamente negativos que Castle destaca me han resultado langue de bois, cháchara bienintencionada pero vacía, con nula presencia en las vidas del 99.99999% de la población: eliminación del libre albedrío, sociedad no democrática, desaparición de la competitividad como motor del crecimiento personal, bla, bla, bla. Ya me diréis a mí si el modelo democrático español garantiza siquiera la representatividad de aquellos idearios que no encajan en el modelo bipartidista que fomenta. No hace falta que contestéis, ya lo digo yo: NO. Pues bien, cambio todas esas monsergas sobre libertad del individuo y progreso continuado por una jornada laboral de 4 horas diarias y ocio a tutiplén el resto del día: leer, sestear al sol, visitar museos o pintar cuadros de colores imitando a Lohse. Tenéis otra reseña de este libro en La isla de las cabezas cortadas.

2 comentarios:

el convincente gon dijo...

Cuatro horas de jornada laboral me parece mucho para una utopía :-P

Cities: Moving dijo...

@el convincente gon: Bueno te recuerdo que la (dis/u)topía del ocio total ya aparece en La Fuga de Logan. Eso sí, a los 30 años te fríen en el Carrousel, lo cual si lo piensas no está tan mal porque de los 30 en adelante es cuesta abajo sin frenos: resacas de 3 días, colesterol, hipertensión,...
:P

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