18 jul. 2013

Lo que hay que tener - Tom Wolfe

Número 85 fue el chimpancé que ensayó el primer vuelo orbital de los Estados Unidos. Naturalmente, Número 85 no eligió ese destino. Fue comprado en una granja de animales exóticos de Miami y sometido a lo que el programa Mercury de la NASA denominaba eufemísticamente "condicionamiento operativo". Se trataba de hacer pasar a Número 85 una y otra vez por las mismas experiencias que sufriría durante su puesta en órbita (ensordecedores ruídos de ignición y combustión, fuerzas de 6 y 7G, etc.) y hacerle ejecutar una serie de operaciones simples durante el mismo a base de recompensarle si acertaba, o soltarle una descarga eléctrica en la planta de los pies si fallaba. Bueno, Número 85 no era el único, para solventar cualquier percance que pudiera sucederle, había otros cuantos simios más de su misma especie especialmente inteligentes que estaban bajo el mismo programa. Número 85 pasó por todas las etapas posibles en su amargo destino: empezó con un rechazo frontal violento al entrenamiento para a continuación, pasar a colaborar amablemente con el propósito soterrado de ganarse la confianza de los veterinarios y pegársela a la más minima. Era obvio que a Número 85 no le gustaba estar allí y que quería huir, huir y recuperar su libertad como desea cualquier esclavo. Cuando los científicos de la NASA se cansaron de su actitud negativa, le encerraron durante 7 días en una caja de metal y le dejaron dentro revuelto con su propia mierda y su orina. Al salir, Número 85 había aceptado su amargo destino y efectuó todas las pruebas, ensayos, simulacros y experimentos sin rechistar. Su vuelo orbital, aunque duró algo menos de lo previsto por problemas con la estabilidad de la cápsula solo atribuibles al sistema automático de control, se consideró un éxito y dio pista libre al lanzamiento con un piloto humano. Se detectó eso sí que la presión sanguínea de Número 85 era elevadísima, aunque no solo durante la misión, que se tomó con mucho aplomo. No, Número 85 tenía la tensión arterial muy alta desde hacía dos años, justo el tiempo que llevaba siendo forzado a ese entrenamiento, tragandose la rabia y la frustración y bombeandola por su sistema sanguíneo. De hecho, las elevadas lecturas de su presión pusieron a la ciencia médica en pista de la influencia del estrés en la salud, también en la humana, por supuesto, que si no la hipertensión de un mono habría importado un pimiento.

Con anterioridad al vuelo orbital, otro chimpancé, Número 61, había pasado por un proceso similar de estimulación psicomotriz (o bien recompensas, o bien calambrazos en la planta de los pies), para testear la seguridad de un vuelo parabólico suborbital en el que pasaría poco más de un par de minutos en ingravidez antes de volver a la Tierra. Sería el conejillo de indias que garantizaría la seguridad del primer norteamericano en llegar al espacio. Aunque igual de aterrador, el caso de Número 61 está mejor documentado que el de Número 85: Número 61 fue secuestrado con poco más de 2 años y medio de su entorno natural en África y trasladado a USA, a la misma granja donde la NASA adquirió a Número 85.

Así es como se las gastaban los EEUU en su carrera por conquistar el espacio. Carrera en la que fueron unos segundones, pues la Unión Soviética se les adelantaba siempre algunos meses en cualquiera de los proyectos que ideasen (excepto poner a un hombre en la Luna, faltaría más). Por supuesto los soviéticos también tuvieron su historia negra de abuso y maltrato animal durante la conquista del cosmos. En su caso, la URSS optó por experimentar con perros. Desde luego Tom Wolfe merece todo mi respeto por haber incluído las historias de Número 85 y Número 61 en Lo que hay que tener. Lo hace además llamando a las cosas por su nombre, y por el tono que usa en la narración de los crueles experimentos a que fueron sometidos, me gustaría creer que se pone de lado de los sufridos chimpancés, víctimas inocentes en la carrera por el desarrollo y el progreso de la Humanidad (que humanidad con otras especies tiene muy poca). El resto del libro, bueno, el resto del libro está muy bien. Con un lenguaje periodístico muy claro y riguroso, pero a la vez lleno de certeras opiniones y matizaciones personales sobre lo que expone, nos cuenta la historia de los pilotos de aviación escogidos como los primeros astronautas en el programa Mercury. Sus procedencias, sus ambiciones, su estilo de vida. Las rencillas, las envidias, las decepciones que sufrieron durante la carrera espacial. Todo ello desde el enfoque sociológico del astronauta entendido como guerrero singular que representaba a toda una nación durante la Guerra Fría. Reconozco que el capítulo en que narra el recibimiento triunfal del primer norteamericano en orbitar alrededor de nuestro planeta consiguió emocionarme. Pero a decir verdad, ya he olvidado su nombre y el del resto de pioneros. Si hay algo que saben hacer muy bien en Estados Unidos, es crear espectáculo, un espectáculo que entretiene, sí, pero que está vacío en el fondo.

Para leer otras opiniones del libro os recomiendo echar un vistazo a La Biblioteca Errante.

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