13 oct. 2017

El filo de la navaja - William Somerset Maugham

Larry Darrell es un joven que huye a Canadá y miente sobre su edad para poder alistarse como aviador en la I Guerra Mundial. Lo que vio luchando en Francia le hizo volver a Chicago siendo una persona completamente diferente, de manera que con tan solo veinte años su actitud ante la vida indica que las cosas que preocupan a los chicos de su edad están muy fuera de su órbita. En casa de su novia, Isabel Bradley, conoce al autor/narrador, quien está invitado a cenar con su madre, hermana de su gran amigo Elliott Tempelton. Elliot es un coleccionista y tratante de antigüedades que lleva muchos años viviendo en París, donde ha conseguido ascender con gran éxito en el escalafón social, hasta tal punto que la nobleza y la élite más selecta le tienen entre sus iguales. A lo largo de los siguientes años y de la mano del escritor británico, conoceremos las andanzas de los componentes de este grupo y de su entorno más cercano.

Detrás de un título tan prometedor como El filo de la navaja no hay más que un relato rancio y acartonado de la forma de vida de las clases más pudientes desde principios de los 1920s y hasta mediados de los 1930s, año arriba, año abajo. William Somerset Maugham es el narrador en primera persona de toda la historia, en la cual se reparte la atención principalmente entre Elliott Tempelton, un snob patético cuyo único objetivo en la vida es codearse con la aristocracia y la alta burguesía, y Larry Darrell, cuya búsqueda de la espiritualidad es lo único que ha sobrevivido con dignidad en el argumento. A pesar de que el autor cree ser ecuánime y equidistante por criticar tanto la pedantería del primero como la ingenuidad del segundo, adopta una actitud de superioridad moral muy propia de la clase alta británica, algo que por un lado consigue equiparale a Elliot en cuanto a ridiculez y afectación, y por otro revela su hipocresía ante la sencillez de Larry.

A nivel estilístico el texto tiene bastantes características que lo hacen parecer añejo y rebuscado. Podemos empezar por el vocabulario, lleno de términos poco frecuentes y que hacen pensar en un tipo obsesionado por evitar repetir palabras aunque el precio a pagar sea usar sinónimos residuales en el leguaje hablado: cenceño, zumba, feble, aserto, futesa, enteco, etc. Sintácticamente tampoco se libra de usos arcaizantes de tiempos verbales ("como no tuviera a nadie a quien acudir..."), pronombres enclíticos ("Mostróse de amabilidad infinita", "Dijérase que nada deseaba sino..."). Por no hablar de la abundancia de alteraciones en el orden de los elementos de la frase para imprimirle pompa y esplendor ("con aquel su malicioso desenfado en el cual era maestro", "el camarero trajo la cerveza que para mí había pedido"). En todo caso y a pesar de todo lo que he dicho, el libro se lee con mucha facilidad, otra cosa es que lo que lees llegue a aportar algo o simplemente entretenga.

Entiendo que cada escritor es mayor o menor medida producto de su tiempo y de sus orígenes, y por supuesto tiene todo el derecho a crear un estilo propio. Faltaría más. Sin embargo yo como lector también soy en mayor o menor medida producto de mi tiempo y de mis orígenes, así que no me tiembla el pulso al escribir que se trata de una obra que no me ha interesado lo más mínimo. Ni en la forma, ni en el fondo. El rechazo que me provoca proviene de la arrogancia, la prepotencia y la condescendencia que rezuma cada oración de Somerset Maugham. Aunque la concepción de la vida que tienen todos los personajes, excepto Larry, tampoco ayuda mucho porque nada tiene que ver conmigo. Tenéis más reseñas en Querty libros, Tertulia Porvenir XXI y el Club de lectura de la vaquería. A diferencia de mí, todos están encantados con la novela.

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