14 abr. 2012

La Ciudadela del Autarca - Gene Wolfe

Teniendo en cuenta el gran número de blogs y foros de descargas que contienen el link para bajar las novelas que componen la serie El Libro del Sol Nuevo de Gene Wolfe, resulta chocante que apenas se encuentren reseñas de ninguno de ellos. Durante la lectura de la cuarta entrega, La Ciudadela del Autarca, me he preguntado varias veces a qué podría deberse. Basandome en mi propia experiencia yo diría que lo más probable es que no convenza, por mucho que Ursula K. Le Guin hable maravillas. Más allá del segundo tomo no tiene mucho sentido seguir a no ser que seas un fan incondicional del género fantástico, porque admitámoslo, esta serie no es más que un relato de fantasía con unas ligerísimas pinceladas de ciencia-ficción.

En el volumen cuatro he sido más consciente que nunca de que el autor repite el formato una y otra vez. Aventuras y más aventuras narradas sin ton ni son. Hay una línea argumental subyacente que marca el desarrollo de la trama, y que no es otra que la historia de Severian el torturador y su transformación en Autarca (gobernante) de la Mancomunindad, pero está aderezada con toneladas de morralla en forma de hazañas, andanzas y correrías que en realidad, no aportan absolutamente nada al desarrollo de la misma. La situación se hace aún más patente cuando son personajes secundarios los que, para rellenar aún más y más páginas, nos relatan cuentos insustanciales que nos hablan de traiciones, amor, etc. El descontrol es tan manifiesto que he detectado incoherencias importantes a pesar de no haber puesto mucho interés. Que conste que he experimentado un leve conflicto al decidir si incluía alguno de estos fallos de continuidad o no. Aún sabiendo que se me puede acusar de tiquismiquis, he optado por hacerlo, no porque los fallos tengan trascedencia alguna, sino porque valen para documentar con datos reales mis (triviales) acusaciones. Así que ahí va.

Capítulo XXXIV - La Llave del Universo. Página 281. El protagonista ya se ha convertido en Autarca y vuelve a su antiguo gremio a despachar temas varios con sus viejos colegas.
Después de haber oído todo, el maestro Palaemon fue hasta el pequeño montón de mis posesiones y tomó la empuñadura, el pomo y la guarda de plata que eran todo lo que quedaba de Terminus Est.
Terminust Est es el nombre de la espada que entregaron a Severian al ser exiliado. La cuestión es que yo recordaba que había resultado destrozada durante una pelea al final de La Espada del Lictor. Curiosamente en este mismo libro se referían a este hecho, así que me puse a buscar y no tardé en localizarlo:

Capítulo XIX - Guasacht. Página 150.
Al tercer día descubrí una cimitarra herrumbrada, extraviada en alguna campaña del año anterior. Saqué mi redoma de aceite y la piedra de amolar rota (cosas que, junto con la vaina, yo había guardado después de tirar al agua los restos de Terminus Est).
Del diccionario de la RAE, resto. 1. m. Parte que queda de un todo. La espada entera: todo. Lo que queda de la espada una vez rota: restos. A pesar de haberlos tirado a un lago tiempo atrás, en los últimos capítulos su instructor en las técnicas de infringir dolor y sufrimiento, los tiene delante en un hatillo. ¡Gran pillada, Gene Wolfe! Pero bueno por si quedara alguna duda, también en algún momento posterior Severian indicaba que de todas las pertenencias que acarreaba al salir rumbo a su destierro, solo le quedaba un libro propiedad de su amada. Así que manos a la obra otra vez:

Capítulo XXVIII - En Marcha. Página 233.
El libro marrón, que traje hasta aquí, la única posesión que aún sigue conmigo de las que tomé de la Torre Matachina, [...]
Creo que no hay más que añadir al respecto. A Mr. Wolfe se le ha ido el hilo un poco de las manos. Tampoco pasa nada, torres más grandes han caído. Al describir su estilo, la entrada de la Wikipedia en inglés dedicada al escritor indica que "con frecuencia confía en perspectivas de primera persona de narradores poco fidedignos". ¿Se puede escapar por aquí? No creo que sea el caso, sinceramente.

La serie, entendida como un entretenimiento intrascendete, se deja leer y sirve de desahogo. A pesar de que inicialmente se cierra con esta novela, se continúa en una posterior que ya tengo en mi poder y que por supuesto pienso leer. Como en entregas anteriores, reconozco que a pesar de los bandazos aleatorios a que nos somente, el autor incluye ideas muy originales. En esta ocasión la palma se la lleva el pueblo de los Ascios, contra los cuales la Mancomunidad llevan luchando desde tiempos inmemoriales (muchas quilíadas, para ser más exactos). Poco llegamos a conocer de ellos excepto que en una suerte de neolengua orwelliana, toda su conversación se compone de frases autorizadas por el instrumento de gobierno, llamado el Grupo de los Diecisiete. Se trata de rígidas reflexiones que giran siempre en torno al populacho, el servicio al populacho, la voluntad del populacho, el Pensamiento Correcto del populacho, etc. La verdad es que le ha quedado muy logrado, muy de totalitarismo distópico.

Tenéis otra visión de La Ciudadela del Autarca en Parafernalia, cuyo redactor está muchísimo más emocionado que yo con toda la serie.

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